En la dehesa de mi caos hay encinas de trapo con bellotas hechas de lamparones.
Praderas de moho donde pastan rebaños de seres unicelulares, diezmados sin tregua por cucarachas, ácaros y nematodos.
También hay dunas de polvo y cabellos canos conspirando contra la brisa,
allí donde los muros se abrazan en ángulo recto.
En el cielo que abriga este desastre hay un ángel combatiendo ídolos de arcilla,
sacrificando la luz nívea que brota de su piel.
Lo hace porque espera que,tras la batalla,
la gracia de Dios limpie por decantación los posos de mi pereza.
Él es el custodio de mi equilibrio
en este ansiogeno abismo barroco.